6 de mayo de 2009
3 de mayo de 2009
Las férreas perpetuidades de la existencia
Ninguna de las acciones de nuestra vida es inocua, o neutra, o no tienen consecuencias. Dicho en forma positiva, todos y cada uno de nuestros actos significan algo y tiene algún efecto, y además influyen en los actos venideros. Todos esos actos van depositando un poso en nuestra alma, el llamado atman por los hindúes. Un acto tras otro, poco a poco, los actos buenos y los malos, lo que hicimos de forma consciente y los que no, todos y cada uno de ellos (gota a gota es como la incansable naturaleza va dando forma a las estalagmitas en la oscuridad de la cueva, nadie lo ve pero ahí va creciendo). Este poso que va recubriendo nuestra alma es el karma. La vida del hombre, por tanto, se ve afectada por este poso, por esta cubierta depositada lentamente pero sin pausa durante toda su existencia, pasada y presente, y seguirá también en la futura. Porque tras una vida viene otra, y luego otra, y así hasta el infinito. El alma no emigra sola a su nueva vida, lleva consigo el karma acumulado en la existencia. Ese constante morir y reencarnarse es el samsara. Es como una rueda que gira y gira sin cesar. Nada la frena, porque la rueda existe para girar y girar. Y no solo eso, es la carga pesada que llevamos en la espalda la que de verdad determina la nueva vida que viviremos, el atman no elige, padece lo que el karma dispone. Dependiendo de la calidad de esa carga acumulada, así será nuestra nueva vida: mejor vida cuanto de mejor calidad sea el karma y al contrario. Prisionero del karma, prisionero del samsara, el ser humano es un auténtico despojo cósmico abandonado a su suerte, más bien abandonado a sí mismo: dueño de sí, a la vez que verdugo de sí. ¿Cuán pesada y larga es la eternidad? ¿Cuánto sufrimiento acarrea la vida eterna y la inmortalidad? ¿No habrá una forma de zafarse de ese maldito círculo que nos encadena a nosotros mismo y nuestras miserias? ¿Es éste nuestro destino, es éste el verdadero significado de la existencia, vivir una eternidad de sufrimiento, repitiendo una y otra vez las mismas cosas? Moksha es liberarse de todo esto, moksha no es hacer algo que compense todo esto, moksha no es poner blanco donde antes había negro. Moksha es desvanecerse en silencio, dejar de existir, dejar de circular en círculos, romper la cadena y evaporarse en el cosmos. La ignorancia, la avidya, nos empuja a intentar racionalizar todo esto, a comprenderlo y darle un significado coherente. Al no poder evitar buscar sentido a todo esto, no evitamos tampoco el sufrimiento. Cada explicación perpetúa el karma. Solo el conocimiento de lo verdadero conduce a la liberación dicen en Oriente.
Este es, básicamente, el núcleo de creencias del hinduismo. Sobre esta antiquísima estructura central reflexionarán más tarde el propio hinduismo, a través de las Upanishads; y los dos grandes heterodoxos del hinduismo: Mahavira y Siddharta Gautama ‘el Iluminado’. Pero esa es una historia que contaremos otro día.
Este Universo de férreas perpetuidades choca frontalmente con toda las concepciones que las distintas variantes del cristianismo ha ido implantando en Occidente a lo largo de los siglos. Pero aunque estas ideas nos resultan extrañas, e incluso alucinantes, pueden servir como acicate al pensamiento y a la reflexión profunda de lo que somos y de lo que nos espera, y también como nuestros actos influyen en eso que podemos llegar a ser y en ese lugar donde podríamos llegar a existir algún día. Si fuera cierto eso de que hay cosas ya determinadas por el kosmos y que ya no dependen de nosotros: el sufrimiento y la muerte; también será igualmente cierto que sí existen cosas que nos pertenecen: elegir entre hacer el bien o no, decidir actuar correctamente a pesar de los malos augurios que nos depara la existencia. Eso sí depende nosotros. Sufriremos y padeceremos todo tipo de calamidades para terminar muriendo, sin saber que será luego de nosotros, si nos reencarnaremos, si desapareceremos convertidos en protones o moléculas o si iremos al paraíso celestial, de eso no tenemos ni puñetera idea; pero seguro que la clase de persona que seas y los actos valiosos que realices, el bien que hagas al prójimo cuenta y mucho y depende de lo que tú quieras hacer con tú vida.
29 de abril de 2009
Aproximaciones entre Occidente y Oriente
Una de las cuestiones positivas de la Globalización que vivimos (no todo va a ser malo) es que al gran público se le abre la posibilidad de acceder a conocimientos que antes les estaban prohibidos. Uno de ellos son las llamadas Sabidurías Orientales. Si desbrozamos con paciencia todo el efectismo comercial de muchos de los aspectos que tratan de vendernos nos encontramos con unas formas milenarias de entender al hombre y al mundo. Formas muy anteriores al Cristianismo y la Filosofía y las Ciencias europeas. Uno de los tópicos más usados es que el mundo oriental es más orgánico y el mundo occidental más individual. Muchas razones hacen que esto sea sí, y se ha escrito enciclopedias sobre ello. Hoy quisiera reflexionar sobre un pequeño gran detalle.
Una de las cosas que más llaman la atención cuando nos acercamos a estas sabidurías es el respetuoso sometimiento de los pensadores a la tradición a la que pertenecen. Es la llamada pseudoepigrafía o la ausencia de un autor definido en los tratados filosóficos fundamentales. Lo importante en oriente es que las ideas se difundan, que la "buena nueva" se extienda por la humanidad, y por eso el filósofo individual es parte de un "organismo" superior, antepasado a él al cual se le debe veneración y respeto. El filósofo oriental se siente parte importante de un todo mayor y más importante que el mismo, y por eso el tao, o el brahman, o la jiva, o el nirvana están antes que su nombre en la posteridad.
En occidente, en el inicio de la filosofía ocurría algo parecido, era algo importante y prestigioso ser pitagórico, académico, peripatético, cínico o estoico. Se seguía el camino andado por un primer maestro, era el que dejaba el nombre a la posteridad; nunca el éxito personal intentaba superar al del maestro, ni mucho menos a las ideas vertebradoras del pensamiento. Las reglas de juego cambiaron tras el túnel oscuro que supuso el medievo y todo lo que ocurrió en el asfixiante y monocromático pensamiento teológico-filosófico.
El revival clásico de algunos renacentistas pronto cedió paso a los grandes nombres propios de la filosofía. El pensamiento occidental se estaba reinventando a sí mismo después de la oscuridad y la podredumbre medieval, ya no hay escuelas ni maestros a los que seguir. El primero que llegue al Everest pone su bandera. Y eso le da derecho de perdurar para siempre. El nacimiento de la ciencia moderna es un rodillo que ya no se para ante nadie: Bacon, Kepler, Galileo, Copernico, y más tarde llegó Newton que la clavó, así hasta nuestros días, una carrera de relevos a ver quien llega más lejos.
En Occidente es el individuo el que trasciende a la posteridad. En filosofía el que coronó primero y puso el listón fue Descartes, aquel soldadito que hacía ejercicios matemáticos entre batalla y batalla, y que luego con el ‘Cogito ergo sum’ partió la baraja y comenzó la nueva partida que siglo tras siglo iría compartiendo con Hume, con Leibniz, con el insuperable musolari prusiano Kant, con un tal Hegel, que aburría hasta las moscas, y un largo etcétera. Todos rebatían a todos. Con el paso de los siglos la croqueta de la filosofía europea se iba rebozando de racionalidad, de cientifismo y lógica. Aguantó más mal que bien los martillazos de Nietzsche y el diván de Freud. Y los retoques postreros no pudieron evitar que la Humanidad pariera Auschwitz e Hiroshima. Pero aquí sigue entre nosotros imponiendo su canon, dirimiendo lo bueno de lo malo, lo cierto de lo incierto, lo real de lo inventado. Marcando a fuego la dualidad en el mundo.
Los filósofos imponen sus particularismos y los enfrentan a los otros particularismos, como si de dos realidades excluyentes se tratasen: solo puede quedar uno le dice el Kurgan al escocés en ‘Los Inmortales’. Esta especie de carrera a lo Ben Hur con la Ciencia, la Religión y la Filosofía fustigándose entre sí, convencidas de que sus argumentos son los auténticos verdaderos. Evidentemente, el gran público ha pasado olímpicamente de los galimatías mandarines de unos y otros, entregando la cuchara de su existencia al mundo de la superficialidad de la política posmoderna y al de los Medios de comunicación de Masas. Efectivamente mientras los referentes del conocimiento se pelean en la cocina de la casa, el resto del a familia retoza cómodamente delante del televisor.
En las sabidurías orientales nadie va a corregir a nadie, cada una de ellas marca su camino e invita a su sabiduría (como dice el maestro Panikkar). Te invita a que entres en la senda que marcaron hace siglos los maestros. Entras en ella y te conviertes en ella. El occidental está aterrado ante esta idea de desaparecer, de perder su individualidad dentro de algo que no sea el mismo, detesta convertirse en un adoquín más de los millones de adoquines que conforman el camino de la sabiduría, el conocimiento y la salvación. Para el occidental esto es incomprensible, y por lo tanto denostable y terrorífico. Para el oriental es lo natural, es el camino.
27 de abril de 2009
¡Arde...!
24 de abril de 2009
La Crisis del Agua
23 de abril de 2009
Fagocitosis
21 de abril de 2009
¿Es posible comprender el Totalitarismo?
“La mejor treta del Diablo es la de convencernos de que no existe”. Baudelaire
Comprender algo no implica ni suficiente ni necesariamente su solución. Pero sí potencialmente. Con la comprensión se abren las posibilidades, nos introduce en la senda. Sin comprensión nos sumergimos en la niebla y todo parece confuso. Como bien nos explicó una de las grandes Maestras del s. XX Hannah Arendt la comprensión es una actividad distinta de la recopilación de información, del conocimiento científico, del sentido común y de la lógica. Por supuesto es algo muy distinto al dogma y la fe ciega. Comprender es aceptar la realidad, reconciliarnos con el mundo en el que nos hayamos. Es esa vocecita que en nuestro interior nos susurra ‘ahí lo tienes todo delante de ti; estás tú y todo lo demás, todo lo otro que no eres tú’.
Y en ese “todo lo demás, lo otro”, existen cosas como los totalitarismos. No queda más remedio que comprender, que aceptar que las cosas son así, que vivimos en un mundo donde el totalitarismo puede campar a sus anchas. Para hacerlo realmente es necesario un esfuerzo, no se comprende nada de forma pasiva o por osmosis. Requiere esfuerzo durante toda nuestra vida: nunca acabaremos de comprender, comprenderemos mientras vivamos.
Tras el Holocausto, tras Auschwitz, el mundo ya no es el mismo. El totalitarismo ha arruinado nuestras categorías del pensamiento y nuestros criterios de juicio El totalitarismo es dominio, y es autoridad. El sujeto pierde su identidad individual y colectiva, es una víctima sin derecho alguno. El totalitarismo tiene su propia lógica y su propio sentido común (más bien carece de él, es la estupidez común). ¿Cómo comprender algo así? ¿Cómo aceptarlo, reconciliarnos con ello?
La primera línea de trabajo que no dejamos de tener claro es la respuesta. Hay que tener claro que el totalitarismo es violencia, si utilizamos violencia contra violencia, no arreglamos nada. Somos como ellos. Y eso es importante: no ser de ellos, no ser como ellos, en definitiva, no ser ellos.
En uno de los magníficos libros de Arendt, ‘Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal’ la filósofa alemana reflexiona sobre una de las formas en las que el mal se oculta. Piensa en cómo desmontar esa treta de la que hablaba el poeta maldito francés de la cita del comienzo. El tal Eichmann (era un criminal y genocida nazi que huyó a Argentina tras la 2ª GM, donde finalmente fue capturado por el Mossad y juzgado en Israel en los 60) era un tipo banal, vacuo y simple como el mecanismo de un tirachinas. ¿Cómo es posible que haya sido tan malo y haya hecho tanto mal? ¿No damos por supuesto en éstas maldades cierto grado de inteligencia? Al menos una inteligencia maquiavélica o maquinadora. Pero no, tampoco. Además no aparecen en él señal alguna de remordimientos o mala conciencia: la gente “buena” cuando hace algo “malo” tiene mala conciencia, ésta no aparece en los criminales. El impacto de estos pensamientos es tan grande que la primera decisión que toma la inmensa mayoría de la humanidad es pasar de ellos. Pero el hecho de que la mayoría haga lo que los avestruces, meter la cabeza en el boquete pensando así que si no se piensa se soluciona, no es suficiente. ¿Cómo combatir el mal? ¿Cómo hacerle frente? y ¿Cómo comprenderlo, como aceptar que existe?
Es precisamente esa dejadez en la reflexión de la gente el inicio de todo. Es esa ausencia, es ese abstenerse de pensar, de reflexionar lo que da a los que hacen el mal, el utilizar la violencia para imponerse. El pensamiento está en todos y cada uno de nosotros, activo en unos y adormecido en otros, independiente del grado cultural o del cúmulo de conocimientos o títulos obtenidos en las universidades. No pensar y dar por zanjado de manera absoluta las cosas es, para empezar, una la primera forma del totalitarismo. El que no piensa, el que no habla consigo mismo, no se hace persona, no se constituye como individuo en el mundo. Al no tener entidad propia es manejable, puede caer en manos del totalitarismo: el adoctrinamiento y la propaganda, siempre la comodidad, unos parámetros claros entre los que moverse. Todo muy “masticadito”. El “pensamiento único”, el vacío, la nada, espacio hueco entre las orejas.
¿Pensar condiciona al hombre de tal manera que es incapaz de hacer el mal? Pensar y comprender no son desde luego la panacea absoluta que lo solucionará todo. Pensar y comprender, darle anchura y profundidad a nuestra mente, nos coloca en el camino correcto. Y lo que moverá el vagón en la dirección correcta es el amor, sin duda. El amor, es la respuesta. Querer lo que no se tiene y salir a su busca. Dedicar la vida a tal empeño. El que ama es capaz de pensar, y si el amor excluye el mal, también lo hace el pensamiento.
Siempre nos encontraremos con personas que, por ejemplo, no son capaces ni siquiera de respetar las prohibiciones más simples y cotidianas. Ni dedican ni una pequeña cantidad de tiempo en pensar en ellas. Apagar el móvil en cines, museos, hospitales, etc., cumplir con las normas de tráfico; las mínimas normas de convivencia cívica en las calles y plazas de nuestras ciudades. ¿Serán capaces de cumplir, limitaciones mas “serias”, de más peso y calado? No reconocen en los límites un bien común. No piensan en las consecuencias que conlleva su no aceptación.
En esto entran los políticos y sus ideólogos. ¿Es que además de límites debe haber coerción para su cumplimiento? ¿Habrá que establecer un régimen que procure esa coerción, para que entonces, todo funcione? No, por favor, no se puede usar el mal para corregir el mal, no se puede imponer un totalitarismo para vencer a otro.
Hay que pedir y exigir responsabilidades. También los prohombres de nuestro mundo tendrían que predicar con el ejemplo. Pero sobre todo hay que enseñar a pensar, hay que enseñar a madurar a los seres humanos. Por eso la Educación, y el acceso libre a la cultura, es tan importante, vital. Tanto, que no tendría que ser moneda de cambio electoral, ideológica y partidista.
20 de abril de 2009
Cosas de las que no se hablan pero que se piensan inevitablemente
El gran tabú en el que seguimos viviendo es la muerte. Por más milenios que lleven las distintas religiones prometiendo un 'más allá' y por más siglos que lleven las ciencias confirmando que lo que importa es el más acá, la muerte siempre es una sombra que nos acompaña toda la vida. Y aunque evitemos hablar de ella, y mucho menos en público, no creo que haya nadie en este mundo que nunca se haya parado a pensar en ella durante al menos un pequeño instante. Todos nos hacemos preguntas por ella. Preguntas encaminadas a entender el antes y el después, porque tengo la sensación de que la muerte “en sí” es inaprehensible, tanto si es un instante como si es una eternidad.
En el antes buscamos el sentido de la vida, vivimos el envejecimiento y a veces nos vemos perseguidos y atenazados por dudas y miedos, en el peor de los casos, la muerte termina siendo el estadio final de un penoso proceso. Yo creo que esa es la cuestión aquí: no se teme tanto a la muerte como al sufrimiento de una muerte larga y feroz.
El pensamiento de la muerte genera en las personas un miedo atroz e irrefrenable. No importa lo mucho que hayas estudiado, o lo que hayas leído, o la cantidad e veces que haya ido a la iglesia. Incluso los profesionales sanitarios que tratan con ella a diario, cuando se les planta en el dintel de su vida, se descomponen sólo de pensar en tener que afrontarla. Y es curioso que la muerte propia es casi mejor afrontada que la ajena. Cuando se trata de la muerte ajena de un ser querido, padres, pareja o hijos, nos impacta más que cuando es a nosotros a quien la Parca trata de visitar.
Por eso el antes de la muerte propia no es lo mismo que el antes de la muerte ajena. El pensamiento de la muerte propia es fácilmente destruible, basta con poner la tele y dejarse llevar por el mundanal ruido. Pero la cercana muerte de tu padre es como una broca de diamante que no para de horadar tu corazón, una lerna que incide e incide hasta devastarnos. Aquí no hay ruido que empequeñezca el sufrimiento. El dolor es tan estridente que no hay ruido que le venza. Aquí, en este trance de dolor y sufrimiento, más valen los silencios de apoyo y amistad que los largos discursos dogmáticos de esos que ni siquiera creen en lo que están largando.
En el después, las teorías y enfoques abundan, y todos los pasos que damos son en el aire. Sobre el “después”, podría encadenar una serie de preguntas sin respuesta. ¿Hay “algo” más después de este “algo” al que llamamos Vida? ¿Hay “algo” más después de este “algo” que llamamos Mundo? ¿Hay “algo” más después de este “algo” que llamamos Yo? Ante estas preguntas vuelven a surgir otras preguntas, ¿El qué?, ¿Dónde?, ¿Cómo?, y ¿por qué? Y ante estas nuevas preguntas, surgen la Religión, la Filosofía y la Ciencia para contestarlas.
Cada una de las citadas han querido “cargar” sobre sus anchas espaldas, la búsqueda de la verdad, reconociéndose como competidoras y enemigas. Se empecinan en la actitud excluyente, que lejos de aquietar el alma y la razón del ser humano, lo que hace es inquietarlo aun más. El ser humano y la vida son muchos más complejos que un enunciado científico, un dogma religioso y una doctrina filosófica. Ante una complejidad tan rotunda no cabe sino la cooperación y la humildad, anteponiendo los intereses humanos antes que los propios.
Las preguntas siguen fluyendo sin cesar, tenemos que apretar los dientes y enfrentarnos a nuestros miedos: ¿no sabemos porque realmente no hay, o porque todavía hoy, en este momento y situación actual, no podemos entender? Y sobre todo ¿Porqué no aceptamos nuestra finitud? Sigamos un poco más: ¿Seguiremos teniendo sentidos después de este “algo”? ¿Seguiremos teniendo sentimientos después de este "algo"? ¿Seguiremos teniendo razón después de este “algo”? Si mantenemos todo lo anterior, no cambiaría nada o casi nada en ese “otro algo”, si todo cambia es “algo” completamente diferente, es un "otro-algo".
Yo sólo conozco este “algo” que llamamos vida, cuando hablo o pienso lo hago en referencia a este “algo” y cuando comparo, también, lo hago respecto a este “algo”. ¿Cómo se puede hablar de un “algo” que no es este “algo” que siento y razono? ¿Porqué no me limito a pensar en este “algo” que vivo? ¿Por qué nos sentimos atraídos por ese otro “algo”, cuando con este nos sobra y basta, hasta estar desbordados?
Esta espiral de preguntas sin respuestas que sólo generan más preguntas sin respuestas es algo esencial en el ser humano: el camino de la vida. La muerte es la solución. Bien por que encontremos todas y cada una de las respuestas, bien por que éstas dejaran de martillearnos en la cabeza. No tratemos de encontrar sentido a la muerte, no lo encontraremos, quizás, incluso no lo tenga. Hay que encontrarle sentido a la vida.
9 de abril de 2009
La auténtica Alianza
8 de abril de 2009
Doble ataque por descubierta (y III)
Doble ataque por descubierta (II)
Doble Ataque por descubierta (I)
4 de abril de 2009
Geopolítica de primer magnitud (II)
Geopolítica de primera magnitud (I)
3 de abril de 2009
Los Vendedores de Humo
30 de marzo de 2009
Democracia
Hace algunos milenios, en todas las agrupaciones humanas conocidas y de las que nos han quedado constancia, bien sea Egipto, Mesopotamia, Persia, India o China, el modo y forma por el que estos hombres se gobernaban tenía más que ver con la postración total y absoluta a algún tipo de poder o autoridad, bien fuera terrenal o mayoritariamente etérea. Pero en una esquina del Mediterráneo, en un puñado de islas y valles una nueva forma de gobierno fue abriéndose paso. Aquello supuso una ruptura, a mi entender auténticamente revolucionaria, en la historia de la Humanidad. En Grecia, el demos, el pueblo o la ciudadanía en su conjunto, era la depositaria única de sus propios designios, para bien o para mal. Establecieron la isonomía, esto es, la igualdad ante ellos mismos, sin ningún otro intermediario divino. Cambiaron el triángulo jerárquico en el que vivían por un círculo de convivencia en libertad e igualdad. Por tanto, la forma que tenían los griegos de gobernarse en aquella Antigüedad era la excepción a una dura y arraigada regla. Tampoco podemos decir que fuera una utópica e idílica situación donde todo funcionaba a la perfección; porque al poco de nacer ya había pensadores que trataron de algún modo de modificarla o de, por decirlo de alguna manera, taponar sus vías de agua y que parecían querer hundirla. Efectivamente, no era una panacea, no era el sistema perfecto. Sí era el que más cosas podía ofrecer, el que más posibilidades tenía de crecer.
Desde entonces hasta ahora la democracia se ha convertido en una venerable anciana que no ha perdido un ápice ni de sus virtudes, pero tampoco de sus defectos. En el posmodernismo globalizado en el que vivimos o que padecemos, en opinión de algunos distinguidos pensadores, sigue vivo el debate sobre su conformación y sobre su sentido y significado. Porque aunque claramente emparentadas, la democracia en la que vivimos actualmente no es ni mucho menos aquella. A lo largo de la historia la democracia ha ido transformándose, reconvirtiéndose y reinventándose en cada época y cultura por la que le ha tocado vivir.
La democracia que se nos ha impuesto en la civilización moderna tiene por un lado un hecho puntual que ha terminado por desencadenarla, y por otro lado, unos rasgos claramente definidos; otra cuestión y de ahí surjan las discrepancias, será el tratamiento que tendremos que darle a nuestra vetusta y enfermita democracia.
Ese hito fundamental al que me he referido antes nos lleva hasta 1898 y la Caída del Muro de Berlín. Esto supuso una de las más claras derrotas de un modelo político (el modelo comunista ruso), y algo más. Supuso el triunfo y entronización del modelo liberal-capitalista. El constructo que surge de este estruendo es un modelo novedoso que nunca antes se ha visto en la historia de la política y sus ideologías: la sociedad basada sola y exclusivamente en la propiedad y el mercado. Este surgimiento es tan potente y rotundo que acabó con todo el debate posible, que en ese momento estaba acrisolándose, sobre el camino que podría tomar nuestra civilización. El triunfo fue tan atronador que enmudeció toda otra posibilidad que no fuera la victoriosa.
En los tiempos que vivimos no asistimos a una crisis política, asistimos al desplome de la misma, al desprestigio de ese bien común que algunos llaman política. ¿Cuál es la razón de ese actual estado de la política, de neutralización y desnaturalización de la misma?
La razón principal y fundamental es que la economía ha engullido por completo a la política. Aunque realmente podríamos cambiar economía por el nuevo capitalismo que surge, a su vez, del nuevo liberalismo. Pero esta vez con una ferocidad atroz: la globalización. Lo que surgió en principio como una teoría (en las propuestas de Hayek) terminó dando el salto a la realidad geopolítica: primero a la Europa y la Oceanía más desarrollada, para terminar extendiéndose por los estados emergentes de finales del s. XX (China, India, Rusia y Brasil entre otros).
Los gurús de este neoliberalismo globalizado defienden a ultranza este nuevo status quo, también su cientificidad, además de atacar a todo el que se opone, llamándolo radical o reaccionario. El panorama que tenemos de esta nueva democracia de mínimos y capitalizada, de consumidores en vez de individuos y de votantes en vez de ciudadanos es desolador: sólo la productividad es importante, sólo se valora aquello que puede ser apropiado y monetarizado, los ciudadanos se reducen a meros consumidores competitivos a los que además se les exige una especie de “fe ciega” en el sistema.
Todo esto supone un gran fracaso, además de provocar grandes problemas y desastres naturales y sociales. Tampoco es cierta la cientificidad y naturalidad del sistema económico globalizado, antes bien supone la destrucción de las tres relaciones más importantes: el trabajo, la tierra y las implicaciones sociales.
[Sobre este asunto de la nueva democracia y cuáles son sus alternativas es muy recomendable la lectura: Sendas de Democracia. Entre la violencia y la globalización. Fernando Quesada Castro. Editorial Trotta Modelos de Democracia. David Held Editorial Alianza]
