4 de junio de 2009
¡Que desastre!
28 de mayo de 2009
FELICIDADES

22 de mayo de 2009
Reflexiones sobre la Vida y la Guerra

18 de mayo de 2009
El estruendo de las panderetas
Ayer vivimos un nuevo domingo de pandereta en la política española. Y ya es el segundo. Todavía nos quedan unos cuantos.
La política española ha ido cambiando progresivamente, y sin pausa, su paradigma de funcionamiento. La política, entendida en primer lugar como el libre intercambio de modelos y argumentos ideológicos; y en segundo lugar como la puesta en práctica en la realidad de dichas abstracciones, ha desaparecido en su casi totalidad. Y el Foro donde este paradigma se hacía carne y hueso, el Congreso y las Instituciones, ha sido ninguneado. La Transición democrática parece mostrarnos solamente sus peores augurios. Es el problema que tiene crecer a lo ancho antes, y en vez, de crecer en lo profundo.
La pachanga mitinera donde se ladran todo tipo de consignas de fácil consumo, tratando al pueblo como electorado populachero, al que sólo se le pueden espetar floridas medias verdades y todo tipo de chascarrillos hirientes del oponente; donde el histrionismo da pábulo a todo tipo de escenificaciones abyectas, ha eliminado del discurso racional político toda legitimidad, ya que la manipulación de las razones y de las opiniones es lo que prevalece. No se explica ni se argumenta a favor de los modelos propios y en contra de los contrarios, se pretende un lavado de cerebro. Ya no es que el sujeto o el ciudadano sea reducido a electorado (que en el contexto de una Elecciones tiene su fundamento y su tradición), sino que es reducido a populacho barriobajero, peor aun, es reducido a palmero en un sangriento espectáculo de gladiadores romanos.
13 de mayo de 2009
¿Has decidido ya en que parte de la realidad del mundo vas a vivir?
12 de mayo de 2009
¡Pero qué desgraciaitos somos!
11 de mayo de 2009
Populismos
8 de mayo de 2009
Las polémicas que siempre vuelven
Si la vida es una caja de bombones las novelas de Dan Brown son puzzles de mil piezas: con cientos de piezas del mismo color azul que sólo cuando se juntan dejan ver lo que de verdad dice. El núcleo principal del puzzle es desde luego la recaudación. Esto es una gigantesca maniobra financiera para sacar dinero. 'Ángeles y demonios' fue la primera maniobra, que luego se pulió con 'El Código'. ¿Cuántos millones de copias vendidas? ¿Cuánto ha recaudado la editorial y luego Hollywood? Así que el primer veredicto es que es un éxito, mejor un E X I T O. A partir de aquí podemos ir tocando el flaviol hasta llegar al Louvre, o al CERN o al Vaticano.
Y es que a lo que Brown apela en sus novelas es a los aspectos irresolubles de la existencia. Al perpetuum mobile de la realidad. El ejemplo más claro de esto lo vemos en que desde ayer no se para de hablar de la misma cuestión sin parar, que si el Barca, el jogo bonito, la suerte, la ayuda arbitral, bla, bla, bla. Siempre moviéndonos en círculos completamente irresolubles, incapaces de convencernos los unos a los otros, dos muros gritándose pero sin moverse. Todos ya cansados pero sin querer ceder en ningún momento a decir la última palabra, el ultimo chiste, la ultima bronca, y así hasta el infinito, porque si a no cierra la boca no lo harán ni b ni c. Brown apela descaradamente a eso. Apela a que no es verdad, ni por asomo, que en el mundo en el que ya vivimos hablando se entiende la gente
No será ni el primer ni último libro que con tan poca calidad literaria mete a tanta gente en la lectura; y en un país donde se ve tanto Gran Hermano y otras chorradas que alguien se siente a leer un libro tiene merito. Yo recuerdo que cuando salió, en el Hospital donde trabajo hasta las más viejas del lugar dejaron por unos días el punto de cruz y cogieron el libro con la Mona Lisa en la portada. TODO el mundo habla de esos libros. ¿Cómo puedes repudiarlo si no lo has leído si quiera? Así que ‘CLIN $$ CLIN’ pasa por caja, leételo y luego me importa un carajo que me pongas a parir diciendo que es un bodrio.
De alguna manera que él sabrá ha conseguido conectar con una serie de acontecimientos vitales que anidan en el inconsciente colectivo de la Humanidad Occidental. Pondré algunos ejemplos:
- El primero está claro viendo a algunos discutir y desollarse vivos a cuenta del futbol y la rivalidad entre el Madrid y el Barca. Nos encanta discutir, nos encanta putearnos, nos encanta llevar razón y restregarlo por las narices de los demás. Brown le da caña a mucha gente descaradamente, especialmente a la Iglesia Católica, así que el lector muchas veces es tratado como si estuviera en el Circo Romano y se enardece viendo como se mataban los gladiadores. Brown sabe como apelar a esa parte rastrera del ser humano.
- El segundo tiene que ver con los aspectos religiosos. El da por supuesto, y creo que acierta, de que existe una ingente cantidad de seres humanos con una necesidad no cubierta, o no cubierta satisfactoriamente. Así que perpetra en su melting pot particular un sincretismo religioso cogiendo cosas de aquí y allá de tal manera que a cada uno le dice una cosa y acierta
Peter Berlin escribió una trilogía hace algunos años sobre el Grial y todas estas cuestiones. Era unos libros densos, muy pesados para el gran público. Años atrás Michael Baigent, Richard Leigh and Henry Lincoln escribieron El Enigma Sagrado; un libro de esos que recomendaría Iker Jimenez y Javier Sierra donde se pormenoriza algunas cuestiones consideradas por algunos como heréticas. Brown creyó en sí mismo al perpetrar un camino intermedio entre el tedio de la novela histórica del alemán y las conspiraciones alucinantes de los otros, dotando a sus novelas de recursos muy masticados para que el lector no tenga que esforzarse lo más mínimo en su lectura. Leer a Brown es como el sillon-ball no es esforzarse jugando al futbol. En el mundo en el que vivimos poca gente ya juega al futbol y millones nos sentamos con pañales los fines de semana para hacer sillon-ball. Brown apela a ese sillon-book.
Yo primero leí 'El Código' y automáticamente me fui a la web del Louvre para ver fotos de los cuadros. Con 'Ángeles...' a la web del Vaticano y sus Museos. Este libro trasciende a las letras y se convierte en un autentico Tsunami que recorre toda el orbe tambaleando todo lo que pilla a su paso. Por ejemplo ¿Cuántos no han viajado a París con un pack Código da Vinci o Roma con un pack Ángeles y Demonios? La propia Iglesia Católica que se siente tan ofendida aprovecha un tirón como este para hacer piña y fundirse a fuego en sus propias convicciones. En mi humilde opinión nadie que lea el Código o A&D dejará de creer. Más aun este tipo de eventos son un empujón al fanatismo y al milenarismo apocalíptico de algunos. Y en los tiempos que corren los 'Intocables' ya no existen; todo es opinable y todos estamos en la picota para ser criticados. La Iglesia también. Es más, ésta cuenta con mecanismos de defensa abundantes y contundentes, suficientes para defenderse y no ir lloriqueando como si no hubiera partido un plato en su existencia.
Desde que hay humanes en la Tierra, éste ha sentido la necesidad de creer en algo trascendente a él mismo. Eso es un hecho irrebatible, incluso para los que no creemos. La idea de Dios ronda por la cabeza de los hombres desde que en aquellas cuevas de Altamira pintaban bisontes con el deseo de tener una buena caza y poder subsistir la siguiente generación. Miles de años después, tras la evolución de la Cultura y la Sociedad, tras todo el despliegue racional de la Ciencia y todo el abigarrado empuje de las diversas religiones, especialmente las confesionales monoteístas que se estructuraron en potentes aparatos político-ideológicos, la gente sigue queriendo y necesitando creer. Ya lo vimos con Mulder 'I want to believe'. Brown se ha limitado a proponer SU peculiar visión del asunto, y resulta que el AZAR, primero y un buen merchandaising después, ha calado en lo profundo-oculto de la gente, bien para abrir su curiosidad y comenzar a preguntarse por cosas que no sabía de su existencia, o bien para afianzarse en su creencia-religión, o bien para despotricar de semejante conspiranoia de baja estofa.
6 de mayo de 2009
3 de mayo de 2009
Las férreas perpetuidades de la existencia
Ninguna de las acciones de nuestra vida es inocua, o neutra, o no tienen consecuencias. Dicho en forma positiva, todos y cada uno de nuestros actos significan algo y tiene algún efecto, y además influyen en los actos venideros. Todos esos actos van depositando un poso en nuestra alma, el llamado atman por los hindúes. Un acto tras otro, poco a poco, los actos buenos y los malos, lo que hicimos de forma consciente y los que no, todos y cada uno de ellos (gota a gota es como la incansable naturaleza va dando forma a las estalagmitas en la oscuridad de la cueva, nadie lo ve pero ahí va creciendo). Este poso que va recubriendo nuestra alma es el karma. La vida del hombre, por tanto, se ve afectada por este poso, por esta cubierta depositada lentamente pero sin pausa durante toda su existencia, pasada y presente, y seguirá también en la futura. Porque tras una vida viene otra, y luego otra, y así hasta el infinito. El alma no emigra sola a su nueva vida, lleva consigo el karma acumulado en la existencia. Ese constante morir y reencarnarse es el samsara. Es como una rueda que gira y gira sin cesar. Nada la frena, porque la rueda existe para girar y girar. Y no solo eso, es la carga pesada que llevamos en la espalda la que de verdad determina la nueva vida que viviremos, el atman no elige, padece lo que el karma dispone. Dependiendo de la calidad de esa carga acumulada, así será nuestra nueva vida: mejor vida cuanto de mejor calidad sea el karma y al contrario. Prisionero del karma, prisionero del samsara, el ser humano es un auténtico despojo cósmico abandonado a su suerte, más bien abandonado a sí mismo: dueño de sí, a la vez que verdugo de sí. ¿Cuán pesada y larga es la eternidad? ¿Cuánto sufrimiento acarrea la vida eterna y la inmortalidad? ¿No habrá una forma de zafarse de ese maldito círculo que nos encadena a nosotros mismo y nuestras miserias? ¿Es éste nuestro destino, es éste el verdadero significado de la existencia, vivir una eternidad de sufrimiento, repitiendo una y otra vez las mismas cosas? Moksha es liberarse de todo esto, moksha no es hacer algo que compense todo esto, moksha no es poner blanco donde antes había negro. Moksha es desvanecerse en silencio, dejar de existir, dejar de circular en círculos, romper la cadena y evaporarse en el cosmos. La ignorancia, la avidya, nos empuja a intentar racionalizar todo esto, a comprenderlo y darle un significado coherente. Al no poder evitar buscar sentido a todo esto, no evitamos tampoco el sufrimiento. Cada explicación perpetúa el karma. Solo el conocimiento de lo verdadero conduce a la liberación dicen en Oriente.
Este es, básicamente, el núcleo de creencias del hinduismo. Sobre esta antiquísima estructura central reflexionarán más tarde el propio hinduismo, a través de las Upanishads; y los dos grandes heterodoxos del hinduismo: Mahavira y Siddharta Gautama ‘el Iluminado’. Pero esa es una historia que contaremos otro día.
Este Universo de férreas perpetuidades choca frontalmente con toda las concepciones que las distintas variantes del cristianismo ha ido implantando en Occidente a lo largo de los siglos. Pero aunque estas ideas nos resultan extrañas, e incluso alucinantes, pueden servir como acicate al pensamiento y a la reflexión profunda de lo que somos y de lo que nos espera, y también como nuestros actos influyen en eso que podemos llegar a ser y en ese lugar donde podríamos llegar a existir algún día. Si fuera cierto eso de que hay cosas ya determinadas por el kosmos y que ya no dependen de nosotros: el sufrimiento y la muerte; también será igualmente cierto que sí existen cosas que nos pertenecen: elegir entre hacer el bien o no, decidir actuar correctamente a pesar de los malos augurios que nos depara la existencia. Eso sí depende nosotros. Sufriremos y padeceremos todo tipo de calamidades para terminar muriendo, sin saber que será luego de nosotros, si nos reencarnaremos, si desapareceremos convertidos en protones o moléculas o si iremos al paraíso celestial, de eso no tenemos ni puñetera idea; pero seguro que la clase de persona que seas y los actos valiosos que realices, el bien que hagas al prójimo cuenta y mucho y depende de lo que tú quieras hacer con tú vida.
29 de abril de 2009
Aproximaciones entre Occidente y Oriente
Una de las cuestiones positivas de la Globalización que vivimos (no todo va a ser malo) es que al gran público se le abre la posibilidad de acceder a conocimientos que antes les estaban prohibidos. Uno de ellos son las llamadas Sabidurías Orientales. Si desbrozamos con paciencia todo el efectismo comercial de muchos de los aspectos que tratan de vendernos nos encontramos con unas formas milenarias de entender al hombre y al mundo. Formas muy anteriores al Cristianismo y la Filosofía y las Ciencias europeas. Uno de los tópicos más usados es que el mundo oriental es más orgánico y el mundo occidental más individual. Muchas razones hacen que esto sea sí, y se ha escrito enciclopedias sobre ello. Hoy quisiera reflexionar sobre un pequeño gran detalle.
Una de las cosas que más llaman la atención cuando nos acercamos a estas sabidurías es el respetuoso sometimiento de los pensadores a la tradición a la que pertenecen. Es la llamada pseudoepigrafía o la ausencia de un autor definido en los tratados filosóficos fundamentales. Lo importante en oriente es que las ideas se difundan, que la "buena nueva" se extienda por la humanidad, y por eso el filósofo individual es parte de un "organismo" superior, antepasado a él al cual se le debe veneración y respeto. El filósofo oriental se siente parte importante de un todo mayor y más importante que el mismo, y por eso el tao, o el brahman, o la jiva, o el nirvana están antes que su nombre en la posteridad.
En occidente, en el inicio de la filosofía ocurría algo parecido, era algo importante y prestigioso ser pitagórico, académico, peripatético, cínico o estoico. Se seguía el camino andado por un primer maestro, era el que dejaba el nombre a la posteridad; nunca el éxito personal intentaba superar al del maestro, ni mucho menos a las ideas vertebradoras del pensamiento. Las reglas de juego cambiaron tras el túnel oscuro que supuso el medievo y todo lo que ocurrió en el asfixiante y monocromático pensamiento teológico-filosófico.
El revival clásico de algunos renacentistas pronto cedió paso a los grandes nombres propios de la filosofía. El pensamiento occidental se estaba reinventando a sí mismo después de la oscuridad y la podredumbre medieval, ya no hay escuelas ni maestros a los que seguir. El primero que llegue al Everest pone su bandera. Y eso le da derecho de perdurar para siempre. El nacimiento de la ciencia moderna es un rodillo que ya no se para ante nadie: Bacon, Kepler, Galileo, Copernico, y más tarde llegó Newton que la clavó, así hasta nuestros días, una carrera de relevos a ver quien llega más lejos.
En Occidente es el individuo el que trasciende a la posteridad. En filosofía el que coronó primero y puso el listón fue Descartes, aquel soldadito que hacía ejercicios matemáticos entre batalla y batalla, y que luego con el ‘Cogito ergo sum’ partió la baraja y comenzó la nueva partida que siglo tras siglo iría compartiendo con Hume, con Leibniz, con el insuperable musolari prusiano Kant, con un tal Hegel, que aburría hasta las moscas, y un largo etcétera. Todos rebatían a todos. Con el paso de los siglos la croqueta de la filosofía europea se iba rebozando de racionalidad, de cientifismo y lógica. Aguantó más mal que bien los martillazos de Nietzsche y el diván de Freud. Y los retoques postreros no pudieron evitar que la Humanidad pariera Auschwitz e Hiroshima. Pero aquí sigue entre nosotros imponiendo su canon, dirimiendo lo bueno de lo malo, lo cierto de lo incierto, lo real de lo inventado. Marcando a fuego la dualidad en el mundo.
Los filósofos imponen sus particularismos y los enfrentan a los otros particularismos, como si de dos realidades excluyentes se tratasen: solo puede quedar uno le dice el Kurgan al escocés en ‘Los Inmortales’. Esta especie de carrera a lo Ben Hur con la Ciencia, la Religión y la Filosofía fustigándose entre sí, convencidas de que sus argumentos son los auténticos verdaderos. Evidentemente, el gran público ha pasado olímpicamente de los galimatías mandarines de unos y otros, entregando la cuchara de su existencia al mundo de la superficialidad de la política posmoderna y al de los Medios de comunicación de Masas. Efectivamente mientras los referentes del conocimiento se pelean en la cocina de la casa, el resto del a familia retoza cómodamente delante del televisor.
En las sabidurías orientales nadie va a corregir a nadie, cada una de ellas marca su camino e invita a su sabiduría (como dice el maestro Panikkar). Te invita a que entres en la senda que marcaron hace siglos los maestros. Entras en ella y te conviertes en ella. El occidental está aterrado ante esta idea de desaparecer, de perder su individualidad dentro de algo que no sea el mismo, detesta convertirse en un adoquín más de los millones de adoquines que conforman el camino de la sabiduría, el conocimiento y la salvación. Para el occidental esto es incomprensible, y por lo tanto denostable y terrorífico. Para el oriental es lo natural, es el camino.
27 de abril de 2009
¡Arde...!
24 de abril de 2009
La Crisis del Agua
23 de abril de 2009
Fagocitosis
21 de abril de 2009
¿Es posible comprender el Totalitarismo?
“La mejor treta del Diablo es la de convencernos de que no existe”. Baudelaire
Comprender algo no implica ni suficiente ni necesariamente su solución. Pero sí potencialmente. Con la comprensión se abren las posibilidades, nos introduce en la senda. Sin comprensión nos sumergimos en la niebla y todo parece confuso. Como bien nos explicó una de las grandes Maestras del s. XX Hannah Arendt la comprensión es una actividad distinta de la recopilación de información, del conocimiento científico, del sentido común y de la lógica. Por supuesto es algo muy distinto al dogma y la fe ciega. Comprender es aceptar la realidad, reconciliarnos con el mundo en el que nos hayamos. Es esa vocecita que en nuestro interior nos susurra ‘ahí lo tienes todo delante de ti; estás tú y todo lo demás, todo lo otro que no eres tú’.
Y en ese “todo lo demás, lo otro”, existen cosas como los totalitarismos. No queda más remedio que comprender, que aceptar que las cosas son así, que vivimos en un mundo donde el totalitarismo puede campar a sus anchas. Para hacerlo realmente es necesario un esfuerzo, no se comprende nada de forma pasiva o por osmosis. Requiere esfuerzo durante toda nuestra vida: nunca acabaremos de comprender, comprenderemos mientras vivamos.
Tras el Holocausto, tras Auschwitz, el mundo ya no es el mismo. El totalitarismo ha arruinado nuestras categorías del pensamiento y nuestros criterios de juicio El totalitarismo es dominio, y es autoridad. El sujeto pierde su identidad individual y colectiva, es una víctima sin derecho alguno. El totalitarismo tiene su propia lógica y su propio sentido común (más bien carece de él, es la estupidez común). ¿Cómo comprender algo así? ¿Cómo aceptarlo, reconciliarnos con ello?
La primera línea de trabajo que no dejamos de tener claro es la respuesta. Hay que tener claro que el totalitarismo es violencia, si utilizamos violencia contra violencia, no arreglamos nada. Somos como ellos. Y eso es importante: no ser de ellos, no ser como ellos, en definitiva, no ser ellos.
En uno de los magníficos libros de Arendt, ‘Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal’ la filósofa alemana reflexiona sobre una de las formas en las que el mal se oculta. Piensa en cómo desmontar esa treta de la que hablaba el poeta maldito francés de la cita del comienzo. El tal Eichmann (era un criminal y genocida nazi que huyó a Argentina tras la 2ª GM, donde finalmente fue capturado por el Mossad y juzgado en Israel en los 60) era un tipo banal, vacuo y simple como el mecanismo de un tirachinas. ¿Cómo es posible que haya sido tan malo y haya hecho tanto mal? ¿No damos por supuesto en éstas maldades cierto grado de inteligencia? Al menos una inteligencia maquiavélica o maquinadora. Pero no, tampoco. Además no aparecen en él señal alguna de remordimientos o mala conciencia: la gente “buena” cuando hace algo “malo” tiene mala conciencia, ésta no aparece en los criminales. El impacto de estos pensamientos es tan grande que la primera decisión que toma la inmensa mayoría de la humanidad es pasar de ellos. Pero el hecho de que la mayoría haga lo que los avestruces, meter la cabeza en el boquete pensando así que si no se piensa se soluciona, no es suficiente. ¿Cómo combatir el mal? ¿Cómo hacerle frente? y ¿Cómo comprenderlo, como aceptar que existe?
Es precisamente esa dejadez en la reflexión de la gente el inicio de todo. Es esa ausencia, es ese abstenerse de pensar, de reflexionar lo que da a los que hacen el mal, el utilizar la violencia para imponerse. El pensamiento está en todos y cada uno de nosotros, activo en unos y adormecido en otros, independiente del grado cultural o del cúmulo de conocimientos o títulos obtenidos en las universidades. No pensar y dar por zanjado de manera absoluta las cosas es, para empezar, una la primera forma del totalitarismo. El que no piensa, el que no habla consigo mismo, no se hace persona, no se constituye como individuo en el mundo. Al no tener entidad propia es manejable, puede caer en manos del totalitarismo: el adoctrinamiento y la propaganda, siempre la comodidad, unos parámetros claros entre los que moverse. Todo muy “masticadito”. El “pensamiento único”, el vacío, la nada, espacio hueco entre las orejas.
¿Pensar condiciona al hombre de tal manera que es incapaz de hacer el mal? Pensar y comprender no son desde luego la panacea absoluta que lo solucionará todo. Pensar y comprender, darle anchura y profundidad a nuestra mente, nos coloca en el camino correcto. Y lo que moverá el vagón en la dirección correcta es el amor, sin duda. El amor, es la respuesta. Querer lo que no se tiene y salir a su busca. Dedicar la vida a tal empeño. El que ama es capaz de pensar, y si el amor excluye el mal, también lo hace el pensamiento.
Siempre nos encontraremos con personas que, por ejemplo, no son capaces ni siquiera de respetar las prohibiciones más simples y cotidianas. Ni dedican ni una pequeña cantidad de tiempo en pensar en ellas. Apagar el móvil en cines, museos, hospitales, etc., cumplir con las normas de tráfico; las mínimas normas de convivencia cívica en las calles y plazas de nuestras ciudades. ¿Serán capaces de cumplir, limitaciones mas “serias”, de más peso y calado? No reconocen en los límites un bien común. No piensan en las consecuencias que conlleva su no aceptación.
En esto entran los políticos y sus ideólogos. ¿Es que además de límites debe haber coerción para su cumplimiento? ¿Habrá que establecer un régimen que procure esa coerción, para que entonces, todo funcione? No, por favor, no se puede usar el mal para corregir el mal, no se puede imponer un totalitarismo para vencer a otro.
Hay que pedir y exigir responsabilidades. También los prohombres de nuestro mundo tendrían que predicar con el ejemplo. Pero sobre todo hay que enseñar a pensar, hay que enseñar a madurar a los seres humanos. Por eso la Educación, y el acceso libre a la cultura, es tan importante, vital. Tanto, que no tendría que ser moneda de cambio electoral, ideológica y partidista.